Desde sus albores, la clase obrera viene al mundo enfrentada en franca lid con sus expoliadores y contra los depredadores de la riqueza social, que ella, con su sudor y hasta con su sangre, amasa. Así se entiende la gesta histórica de los mártires de Chicago, cuando al enarbolar la bandera con su lema de los “tres ochos” (jornada laboral de ocho horas, ocho horas de estudio y ocho horas de descanso) no se arredraron ante las dificultades y no titubearon en inmolar sus propias vidas, persuadidos de que, como lo sentenciara uno de ellos antes de ver segada su existencia “llegará el día en que nuestro silencio será más fuerte que las voces que hoy acalláis”.


