El exacerbamiento del conflicto armado y el escalamiento de la guerra, concomitante con la degradación de esta, se constituyen en el telón de fondo de esta justa electoral, permeando la sensibilidad del elector, en medio de una hiperestesia colectiva rayana en la paranoia o en lo que la Conferencia episcopal no dudó en calificar como una neurosis de guerra. Los trágicos episodios de Bojayá en el Chocó y de Campamento en Antioquia ponen de manifiesto la catástrofe humanitaria en la que sucumbe Colombia, por "...la tentación brutal de lo inhumano" que alienta a los violentos, quienes en medio de su irracionalidad e insensatez se imitan uno a otro inexorablemente, intercambiando sus papeles entre sí, llevando la peor parte la población civil, ya que por cada baja en las filas de los combatientes se registran ocho víctimas inocentes.
Últimamente varios columnistas de prensa, enchufados a la candidatura de Uribe Vélez, han dado en la flor de cuestionar la razón de ser de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales y han traído de los cabellos los argumentos más extravagantes para sustentar sus interesadas cavilaciones en torno a la ingeniería electoral, esa misma que tanto dicen abominar. Según Juan Lozano "La segunda vuelta tiene sentido donde existen varias fuerzas políticas articuladas que se disputan el favor popular con sus propuestas y le dan justificación a coaliciones amplias o alianzas plurales. Ese, por su puesto, no es el caso aquí".