Este fue el título de la primera crónica escrita por Gabriel García Márquez después de haber sido laureado con el Nóbel de Literatura, a propósito de la muerte de otro grande de las letras, Ernest Hemingway. En este país, en el que ya nos hemos acostumbrado a que los padres entierren a sus hijos y que los maestros entierren a sus alumnos, el que alguien muera de muerte natural, como diría Jorge Robledo Ortiz “con esa muerte elemental y simple”, es noticia. Esta vez se impuso la lógica del ciclo de la vida: Abel Antonio Villa enterró a sus padres y sus hijos a él; además, enterró a sus maestros y ahora sus discípulos, que son muchos, lo enterraron a él. En un pié forzado entre la vida y la muerte, en la que se debatió al final de sus días, esta le ganó la partida a aquella teniendo por única razón la premonición del propio juglar de que Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite. Hace 63 años sus familiares lo dieron por muerto y lo velaron cinco de las nueve noches de guardar, cuando él reapareció entre los vivos diciendo que Abel Antonio no muere todavía.


